Callejera

Nunca había salido a la calle vestida de mujer, así que decidí intentarlo anoche. Era un buen momento, una noche no muy fría, un lunes festivo, poco tráfico, poca gente en la calle. Me preparé cuidadosamente, la ropa, discreta y cómoda, el maquillaje adecuado, los accesorios justos, el dinero el celular, todo… bueno casi.

La disculpa era sacar la basura, dar una vuelta y volver a mi apartamento. Esperé a que el pasillo estuviera a oscuras, salí, bajé dos pisos y descubrí con terror que no llevaba las llaves. Pasé más de 15 minutos esperando que alguien entrara a o saliera del edificio, nada. Al final tuve que tocar en la puerta de un vecino y pedir que me abriera, la voz me salió asombrosamente femenina cuando pedí el favor, cuando agradecí, volvió a ser la mía.

Sin llaves tenía que caminar dos kilómetros hasta el Transmilenio, atravesar la ciudad hasta la casa de un amigo que tiene otras llaves y volver. Había salido a las 8 de la noche. Finalmente logré ir y volver.

Pero más allá de lo aterrador o divertido de la historia (que depende de con qué ojos se mire). Lo interesante de la situación es lo que aprendí.

Primero que todo aprendí que a uno le pasa lo que uno quiera que le pase. Esto de dejar las llaves no fue voluntario, pero tampoco es un accidente, En el fondo quería arriesgarme a salir, peor si no pasa este “accidente” nunca me hubiese atrevido. Y no es el primero, muchos accidentes me han estado pasando en los últimos días, olvido cosas, dejo de hacer otras, se me rompen.

Yo me imaginaba que me acosarían en la calle, que me mirarían, me señalarían y efectivamente así fue. En una calle un tipo me siguió por tres cuadras, murmurando cosas que no entendía y cuando finalmente se cansó me gritó que era una creída. Algunas personas me miraran y cuchichearon, pero tengo que aceptar que la mayor parte de la gente me trató con respeto y no pasó nada que me violentara. Estoy profundamente agradecida con la vida por poder enfrentar mis miedos, por confirmarme que la gente en general no tiene intención de agredirme y, sobre todo, por tener la oportunidad de estar consciente de la gran lección que estaba aprendiendo.

Pero hubo más. En casa de la persona que tenía las otras llaves, estaba un amigo. Él sabía de mis exploraciones en el mundo de lo femenino, pero nunca me había visto “trepada” Cuando llegué no sabía como dirigirse a mí. Al rato estábamos conversando y tomando café como siempre, de repente pregunta con una candidez casi infantil, “ustedes cuando se transforman cómo pretenden que uno les trate”. Claro esa pregunta tiene una respuesta obvia: como mujeres. Pero el tema es más complicado. Para una persona que me ha conocido por años, no es fácil dejarme de ver como él y comenzar a verme como ella. No le puedo simplemente endosar mi amistad a esa otra persona que estoy construyendo, ella tiene que hacer sus amigos, muchos se perderán y las que se mantengan requieren profundas revisiones y nuevos acuerdos. Ahora sé que tengo amigos que me seguirán queriendo aunque transite (cosa que por cierto aun no sé si haré o hasta donde haré).

Eso me hizo pensar en los familiares. No sé como le voy a contar a mis hijos, porque aun no sé qué es lo que les quiero contar. No es lo mismo contra que ahora me visto de mujer los viernes en mi casa a contarles que voy a hacer un tránsito completo y en medio de esas dos hay miles de opciones. ¿Qué contar? ¿Cómo? ¿Cuándo? Y sobre todo ¿para qué contar? son temas que deberían preocuparnos más. Ayer con mi amigo caí en cuenta que desde que soy Silvia, estoy menos preocupada por los sentimientos y necesidades de los demás.

Me parece que no soy la única, en mi cercanía con otras mujeres trans veo que todas estamos tan obnubiladas por el tránsito mismo, que casi no nos queda tiempo de pensar otras cosas. Las discusiones técnicas (cómo hago esto, que uso para aquello) no nos dejan casi tiempo de pensar en el sentido de lo que hacemos y, al menos en mi caso, como supe anoche, no nos dejan el tiempo de pensar que sentirán los demás con nuestro tránsito.

Para mí es una pregunta importante. Tengo dos hijos a quienes quiero explicarles lo que hago. Y no quiero decir simplemente que por hacer parte de una minoría históricamente discriminada tengo derecho a que se me respeten mis decisiones. Quiero entender qué les pasa a ellos también, no debe ser fácil para dos jóvenes en sus 20s que de repente su padre diga que se quiere volver mujer.

No tengo recetas, ni creo en fórmulas mágicas que puedan arreglar esta situación, pero me parece interesante la reflexión que hace Ophelia Pastrana sobre este tema en este video.