Pini III del Martín y Flandes Espinante de los Huevos

Este retrato perteneció a la recientemente extinta familia Flandes Espinante de los Huevos, actualmente se halla en el museo de Santa Clara de la ciudad de Bogotá en la colección resguardada

Doña Pini III (vizcondesa de la Orden del Sol de Perú) fue una mecenas de las letras y las artes en la ciudad de Quito, Ecuador. Su clase y distinción,  así como su obstinada concupiscencia, le hicieron ganar el mote de la Mesalina de la Nueva Granada o la Gran Amante Neogranadina, como más popularmente se escuchó llamarle. Indios y mestizas, negras y negros, más que blancos y criollos, fueron favorecidos y tutelados por su inmensa generosidad pseudovulvar. Amada por el pueblo odiada por las élites fue acosada y perseguida. Huyó a Chiapas en donde se refugió en los brazos de zoques y tzotziles hasta el día de su muerte.

Pini III del Martin y Flandes Espinante de los Huevos (1745-1813), más conocida como La Mesalina Neogranadina y vizcondesa de la Orden del Sol del Perú, nació el 30 de febrero de 1745 en la hacienda de La Flor Despelucada, perteneciente a su padre, el hidalgo español Don Pablo Emilio del Cieso Flandes Espinante de los Huevos y su esposa la benedicta Pinina II Torres de la Vega y Sorribás, regente de los solares de Alcántara.

De muy pequeña su madre la mandó al convento de las Adoratrices Noctámbulas del Sacratísimo Himen para que recibiera piadosa educación conforme a su clase y linaje, donde posiblemente pensó en ser novicia dadas la indiscutible devoción religiosa que poseía, en particular, hacia el carisma de la orden. No obstante estos deseos fueron frustrados. Debido a su agraciada manera y al reclamo que hiciera su padre al convento para casarla con el vizconde de la Orden del Sol del Perú, Doña Pini III tuvo que colgar los hábitos antes de llevarlos puestos.

Con tan sólo catorce años en 1759 fue desposada y se trasladó a la capital del virreinato de Nueva Castilla. Regresó a los dos años a Quito debido a la muerte de su madre por una epidemia de viruela, hongos y sarampión. Posterior a esto decidió quedarse en Quito so pretexto de cuidar al padre aunque, en realidad, la principal razón era el amantazgo con el negro José Mariano de casta Mandinga esclavo de don Enciso Ampuero, cómplice, durante muchos años, de todas sus pilatunas y desmanes.

Tras varios meses de romance su esposo es enterado de lo que acontece allá en la hacienda de la Flor Despelucada por lo cual viaja a Quito. Una vez que su marido se establece en Quito y debido a la constante vigilancia, Pini III decide escapar todas las noches vestida de campesina por una de las ventanas de la hacienda (la cual aún se conserva en la casa museo “Mujeres que le dieron en la madre a la moral colonial”, en Quito, donde también se encuentran varias esculturas suyas en poses sugestivas, obras de importantes escultores y escultoras a través de los últimos siglos).

En cada escapada nocturna se dice que Pini III atendía a los esclavos, a las esclavas, a indígenas —que al parecer eran de su más adorada predilección por la belleza que ella solía ver en los ojos polinesios de las estirpes americanas—, mestizos y labriegos calientes y alebrestados, tras las faenas y jornales en los cultivos. Se cuenta que era capaz de varias horas de desaforadas pasión. De ahí el nombre de La Mesalina de las Américas, señora de la Flor y vizcondesa de la Orden del Sol chorreante.

Como era de esperarse, los rumores sobre la indecorosa conducta de la vizcondesa llegaron a los oídos del obispo de Quito Mons. Fray Alfonso de Santillán, OP – Dominico, quien, en solidaridad con la creciente cornamenta que masculinamente llevaba puesta su marido, decidió emboscarla en una de las noches a la salida de la ventana. Pero, Doña Pini III, dueña de sí, asentó una cachetada monumental al Monseñor que le volteó el mascadero dejàndolo mudo de por vida. Existe una mano de bronce realizada a la cera perdida sacada directamente de la mano de Doña Pini III a su muerte y que reposa en los Museos del Vaticano, dado que fue un regalo que el presidente Francisco Robles García llevara al papa en turno, durante su periodo presidencial. De la mano se sabe que ha pasado por todo tipo de vejaciones por parte de la alta curia vaticana en venganza al bofetón que, con esa misma mano, diera doña Pini al prelado quiteño.

Se cuenta que una de las andanzas nocturnas nuestra señora de la Flor Despelucada fue sorprendida por un grupo de forajidos y bandoleros que intentaron chantajearla diciendo acusarla con su marido, sino respondía a sus deseos; ni corta ni perezosa, cuentan las malas lenguas, que Doña Pini arremangó su vestido y se dispuso a la labor hasta dejar satisfechos a los malhechores; pero, no sin dejar de cortarles la verga de un mordisco a uno por uno, aprovechando que los vió aquella misma noche, en tiempos secretos y en lugares distintos. De ahí, algunos de sus biógrafos indican sobre la existencia de personas de la servidumbre quiteña que sostenían que la ilustre Doña Pini se alimentaba de vergas freídas por su sirvienta la negra Domitila. En realidad se trataba de un rito medicinal con huevos de toro, pero, las calumnias prosperaban por doquier en aquella época tan proclive al puritanismo más conservador y cristiano.

“La cenaduría de las vergas infames” fue por un tiempo llamada la hacienda de la Flor Despelucada, luego de que se hiciera famoso el plato de la negra Domitila, la cual se dice siguiò preparando la receta, supuestamente, a partir de adobar pitos de personajes ilustres de la sociedad quiteña; pero, es evidente la falsedad de los hechos porque, de haber sido así, hubiese habido algún tipo de crisis poblacional en las élites y hasta donde se ha investigado en los censos realizados en tiempos de Doña Pini III y posteriores, Quito fue de las villas más pobladas y prolìfica en vástagos criollos y de noble abolengo, a lo largo y ancho de los virreinatos americanos, en especial, el Nuevo Reino de Granada.

Con ello queda desmentida la calumnia contra la  señora de la Flor y vizcondesa de la Orden del Sol chorreante en tanto que come-vergas y desmembra pitos de un solo mordisco. Se trató, según historiadores, de chismes de pasillo y habladurías promovidas por personas de baja estofa, algunas pertenecientes a la clerecía quiteña, enemigas de la susodicha, habituadas a exponer al escarnio público la vida erótica de almas consagradas a la libertad, así como a los amoríos de una promiscuidad bien administrada y sin mácula. Si la Doña Pini comía vergas fritas eran simplemente, reiteramos, huevas de toro, a lo sumo.

Aunque no hubiese estado mal que una mujer, especie de meretriz antropófoga y sanguinaria destaja-penes con los dientes, hubiese sembrado el terror al perseguir el tan preciado órgano que sustenta el poder de los varones en la zona de las colonias tan españolamente investidas de prejuicios de toda clase, especialmente en el orden de lo sexual, y tan, por lo mismo, proclives a cualquier número de soterradas perversiones. Es claro que donde la imaginación abunda para difamar a mujeres y a todo aquel se se sale de la norma pacata, hay guardados que hieden a podrido.

Hoy en día los investigadores de biografías quiteñas sostienen que Doña Pini III, en realidad, no fue más que una caritativa mecenas que dilapidó su fortuna (las herencias de su madre, su padre y su marido el vizconde, quien de tan pesada cornamenta no regresó a Lima, y de un cierto tiempo evitó pisar las calles quiteñas por donde aventaban miados) en patrocinar poetas, pintores —-como aquel anónimo que ha realizado el retrato aquí expuesto—, ceramistas, y una que otra boudevillesera o maricón travesti. Igual se comenta que su dinero lo usaba para alentar a los esclavos oprimidos a quienes vestía con los mejores trajes para luego desvestirlos en la alcoba en un acto de puro igualitarismo y de amor sin límite por la humanidad; ojalá hubiese habido más almas filantrópicas en estas tierras del Espíritu Santo, en una época en que la infamia se disfrazaba con toda legitimidad de prócer de la independencia.

En el año de 1799 la vizcondesa de la Orden del Sol del Perú se vió obligada a abandonar Quito ante acusaciones por la la muerte de su marido, ocurrida doce años atrás, solo que, debido a una reapertura del proceso, se dedujo que era homicidio y la responsabilidad recayó en sus hombros de manera calumniosa, como suele pasar. El vizconde había sido encontrado ahogado en la bañera. Se dice que Doña Pini III mandó a varios esclavos ahogar a su esposo, pero, en la defensa y como se había hecho oficial en un principio, ella indicaba que su marido estaba sumido en una profunda melancolía que le impedía salir de casa, velar por los deberes de vizconde, entre otras cosas. Se supone que en una de esas situaciones de completa apatía el vizconde quiso ahogarse o que, al caerse dentro del agua, el peso de su tristeza fue tan grande que ya no le dejó levantarse.

Mientras él se sumía en la melancolía y en la profundidad de la pequeña bañera, Doña Pini III resolvió a distancia todos los deberes asumiendo las agencias del vizcondado Limeño, aunque no sin inconvenientes y grandes pérdidas que permitieron que le fuera arrebatado el título en el año de 1791 para ser otorgado, finalmente, a una concubina del rey Felipe IV a cambio de una super felatio en lo cual, la dicha concubina, era una experta (la corona española siempre ha hechos mamadas por una mamada). Doce años después de la muerte de su esposo, la curia quiteña dio el zarpazo en venganza por lo ocurrido tiempo atrás con Monseñor Fray Alonso de Santillán (el bofetón que le volteó el mascadero), por lo cual aprovechó la debilidad económica y la vulnerabilidad nobiliaria de Doña Pini III. No obstante no lograron su cometido, pero si la presión suficiente para obligarla a partir por temor a ser procesada nuevamente.

Gracias a la amistad que su padre hubiera tenido con el que considerara casi como un hermano insestuoso, el clérigo y político chiapaneco Fray Matías Antonio de Córdova y Ordóñez, Pini III emprendió camino a Chiapas, donde Fray Matías tenía suficiente influjo. Pudo salir oculta entre los canastos de cuajadas y huevos (como presagio de su propio apellido: Espinante de los Huevos) en una caravana de comercio hacia Popayán y de ahí a Buenaventura para embarcar hacia Panamá. En Panamá tomó camino real hasta llegar a Tapachula, capital del Imperio Chocolatero del Soconusco, en donde se radicó, sosteniendo una existencia retraída de la vida social, pero rodeada de jóvenes tzotziles, tzeltales mandados traer, por orden de Fray Matías Antonio de Córdova y Ordóñez, de los Altos de Chiapas y elegidos con una rigurosa regla de cualidades físicas escrita por el mismísimo puño y letra de Doña Pini III.

Tal regla no se ha conservado hasta el presente pero existen vestigios de que incluía la perfecta dentadura delantera, turgentes nalgas, ánimo jovial y piel humectada, entre otras cosas que por pudor y por la honra de nuestra señora de la Flor Despelucada se prefieren omitir. En uno de los libros de anotaciones de la sacristía de la Iglesia de San Agustín de Tapachula se indica que Doña Pini III había sido acusada de andar viringa por los pasadizos de su casa, junto a los mozalbetes indígenas, con quienes jugueteaba y retozaba escandalosamente. Lamentablemente el texto se encuentra cortado y no se sabe qué juicio acusó tal demanda. También cuentan otros registros de la época que a Doña Pini III se le solía ver paseando por las playas aledañas a Tapachula en vestidos muy ligeros, siempre acompañada por al menos tres o cuatro tzotziles y tzeltales, muy despojados de ropas, perfumados con aceites, en alevosa y gallarda actitud frente a los extraños criollos y españoles, para escándalo de la noble moral de cepa castellana, acostumbrada a ver a los indígenas harapientos y mal olorosos.

Doña Pini III permaneció en Tapachula hasta pocos meses antes de su muerte. Enferma de fiebres y cansada, se retiró con su séquito de jóvenes indígenas al convento de Santo Domingo, en Chiapa de Corzo, donde su amado amigo Fray Matías Antonio de Córdova y Ordoñez era prior y vicario general. Allí permaneció hasta su muerte, ocurrida el 19 de mayo de 1813, poco antes de que el mencionado Fray Matías Antonio de Córdova se convirtiera en el eminente ideólogo de la independencia de Chiapas.

Algunos  quiteños amigos suyos que le sobrevivieron, al enterarse de su muerte, apoyados por Fray Matías Antonio de Córdova obispo de Chiapas, llegaron a proponerle a Mons. Fray Alonso de Santillán, aún vivo y coleando, aunque mudo y viejo, que la beatificaran por su devoción al señor y a los mártires de este nuevo mundo. Sin embargo se cuenta que Monseñor no respondió con palabra alguna. A veces hay resentimientos que se llevan a la tumba y más cuando una mujer ha hecho que nos traguemos los dientes por metiches.

Se dice que ella fue la mujer detrás del hombre en la política chiapaneca de Fray Matías Antonio de Córdova y que fue quien le motivó a convertirse en el político que posteriormente sería, inspirando en él la idea de la independencia de Chiapas, así como el buen trato para con los indígenas. En la tumba de la Mesalina de la Nueva Granada, que se encuentra en los nichos subterráneos del convento de Santo Domingo en Chiapa de Corzo, el epitafio reza: “Me faltó morderle la verga a monseñor Fray Alonso de Santillán y tragármela en un guisado preparado por mi adorada negra Domitila”.

avatar

Pinina Flandes

También conocida como Yecid Calderón

Adscribiendo al riesgo de pensar exhibicionistamente. Filósofx, perfomer